Algunos viajeros que llegan a Merlo se sienten atraídos por la información que les describe el paisaje manso, las horas que transcurren sin horarios, la gente que se toma un tiempo para mirar a los ojos al otro mientras habla. Y van generando una alegre e imperiosa fantasía.

Entonces llegan, por ejemplo, a la panadería y no logran entender porqué los empleados o los dueños no los atienden con diligencia, se demoran en el pedido y hablan de cualquier cosa perdiendo el tiempo y la eficiencia. Hasta que alguno de los lugareños se da cuenta y entonces dice – atienda primero al señor que está apurado – . Sí, en la panadería, en vacaciones.

El forastero incorpora, primero, la teoría, y luego – a veces cuando ya está por irse – que la panadería es un buen lugar para charlar con el prójimo.

Dicen que Merlo tiene un microclima que lo vuelve único. Una energía que carga a su gente de un modo especial, sereno, paciente. A veces tenemos la sospecha que bien podría ser al revés.

A este lugar ha venido a vivir gente que viene como huyendo. Y acá vuelven a encontrar su cadencia. Y se quedan bajo el cobijo del Valle del Conlara. Y entonces tratan de devolver al paisaje algo de lo que aprendieron.

Los dulces de Wan Rust parecen ser una muestra de lo que se percibe.

Categorías: Lugares

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